domingo, 28 de enero de 2007

¿Cómo responder la violencia telecista?

Luis Paulino Vargas Solís | Enero 27, 2007 | 941 palabras

La estrategia telecista, decíamos en el artículo anterior, es intrínsecamente violenta y arbitraria. Arias, investido capitán al comando del navío oligárquico, enfila hacia la radical transnacionalización de la economía y lo hace con absoluta desparpajo. Construye alianzas parlamentarias cuyo mejor cemento es los mega-negocios en perspectiva, mientras a su alrededor los corifeos mediáticos le rinden pleitesía y ríos de dólares, venidos de no se sabe dónde, se dilapidan en una propaganda infinitamente mentirosa y manipuladora. Es una borrachera de arrogancia que desprecia cualquier voz de disenso y reduce a cascarón vacío todas las cantinelas sobre democracia y libertades ciudadanas con que se llenan la boca los representantes de los poderes económicos, políticos y mediáticos.

Frente a tal cúmulo de violencia es fácil caer, a su vez, en la trampa de la violencia. Responder la cachetada con otra cacheta. Y aunque en principio es cierto que la autodefensa es un derecho elemental, también es verdad que a veces es más sensato, y a la larga más eficaz, saber administrar y diversificar las respuestas. Conviene mantener la cabeza fría aún si el corazón está en llamas.

Empecemos por tomar conciencia de un aspecto por completo fundamental: el éxito de la lucha contra el TLC pende esencialmente del convencimiento y apoyo del pueblo costarricense. El movimiento del No al TLC ha hecho un esfuerzo enorme, durante ya varios años, por llevar su mensaje hasta este pueblo nuestro y ganarse su conciencia y sensibilidad. Ha sido un trabajo de hormiga, escasísimo en dinero pero de gran riqueza estética, expresiva y científica. Seguramente habríamos podido hacer las cosas mejor; más coordinadas y eficientes. Pero, en todo caso ¡Qué enorme escuela de democracia y participación ha sido ésta! Y con éxito nada despreciable. Hoy muchísima gente duda acerca del TLC y muchísima otra abiertamente se opone a su ratificación.

El esfuerzo de persuasión ha de continuar. Debe orientarse a la inteligencia de la gente pero, sobre todo, a su corazón. No todo mundo ha de manejar los detalles técnicos. Para eso están los especialistas y estudiosos y, en ese sentido, podemos sentirnos tranquilos del abrumador respaldo académico y científico con que contamos. El pueblo sobre todo ha de tener claras las grandes conclusiones derivadas de tales esfuerzos de investigación y saber el significado y alcance de ese trabajo académico. Con seguridad sabrá entenderlo muy bien, porque es mucho más inteligente de lo que las elites del poder logran captar.

Pero, insisto, lo principal es llegar al corazón de la gente. Y esto, me parece, tiene un significado preciso: se trata de despertar, cuando se haya adormecido, y enseguida lanzar al infinito, el imaginario históricamente gestado que define lo característico de este pueblo. Me refiero a su convicción profunda a favor de la igualdad, la justicia, la democracia, la soberanía. Es claro que el TLC colisiona de frente con cada uno de estos valores y aspiraciones. Intuitivamente se percibe con facilidad y racionalmente se argumenta con contundencia. Pero en uno u otro caso, sobre todo estaremos apelando al sentimiento más profundo en el corazón de nuestra gente.

Pero esa interpelación hay que hacerla desde el lenguaje que este pueblo habla y entiende. Lenguaje, digo, en sentido amplio. En lo que se dice y en la forma y con las palabras que se dicen. En lo que se hace, también, y en la forma como es hecho. Si somos amenazantes en nuestras palabras y gestos, o simplemente ajenos o lejanos, no podemos esperar entonces ser convincentes.

Por ello mismo, es decir, porque, en general, nuestra gente prefiere la paz, las vías pacíficas siguen siendo nuestra arma más poderosa. No olvidemos que la sola insinuación de violencia es manipulada con inigualable cinismo por la gran prensa. Pero más importante es el mensaje que le damos a nuestro pueblo y las consecuencias que ello pueda tener en nuestra capacidad de convocatoria.

Hemos hecho de las marchas nuestra principal vía de manifestación. Invariablemente han sido pacíficas, exultantes en su gran expresividad cívica y ciudadana. Aún podría hacerse alguna marcha más, pero no olvidemos que son actos costosos cuyas posibilidades han sido ampliamente explotadas. Seguramente es tiempo de empezar a ensayar nuevas formas de protesta pacífica. Nuevas en el cómo, los lugares, los lenguajes y los mensajes. Sobre todo, las expresiones de protesta han de ser instrumentos de convencimiento –en la inteligencia pero sobre todo en el corazón de la gente- y deberían encadenarse en un proceso acumulativo. No es descabellado que el gobierno arista quiera irrumpir en ejercicio desembozado de violencia y agresión física. Pero serán ellos quienes lo hagan. Redoblaremos entonces el esfuerzo: romper el círculo de hierro de la manipulación mediática y denunciar ante el mundo los atropellos del premio Nóbel.

En el ámbito legislativo, al PAC no le queda otra sino despojarse de los principismos abstractos con que su líder gusta maquillar la labor parlamentaria. Junto a Merino y López, les toca copar ese espacio recurriendo a todas las armas que la institucionalidad pone en sus manos. Y en la calle las alternativas de lucha han de diversificarse. En los pueblitos o las barriadas urbanas; en las plazas y los parques; las aulas, los talleres, los restaurantes…y hasta en las carreteras. No tengo la respuesta aunque estoy seguro que la creatividad popular y ciudadana sí generará un millón de respuestas. Tan solo digo que debemos acaparar cada rincón de este país en una inmensa marejada de protesta pacífica que crecerá con cada costarricense que se una a la lucha. Con el “Combo ICE” la voz pacífica de este pueblo fue trueno ensordecedor. La intransigencia telecista espolea para que, de nuevo, y quizá mucho más, el rugido sea fragor telúrico.

Luis Paulino Vargas Solís | Enero 27, 2007

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