Chisporroteos
Alberto F. Cañas | Marzo 07, 2007 | 747 palabras
La diputada doña Ofelia Taitelbaum, que dedicó un artículo el viernes pasado a afear mi conducta, no leyó lo que yo escribí. Y lo digo así porque es más cortés que decir que no lo entendió.
Voy a comentar el concepto que ella tiene de la mayoría: partiendo de que en Costa Rica suele votar el 65% del electorado, considera que basta un 40% de ese 65% para hacer una mayoría que permita a quien la obtiene desoír lo que los ciudadanos puedan pensar pasadas las elecciones. Lo que importa es llegar a la Presidencia, no importa si con un 64% de los votos (como don Pepe), o con un 40,3% (como don Oscar). Tanto poder le dio el pueblo según doña Ofelia a uno como al otro.
Pero además, —empleo números de doña Ofelia— si la suma de votos es el 40,3% de un 65%, resulta que quienes escogieron el actual gobierno (y según doña Ofelia endosaron el TLC sin haberlo leído y sin que don Oscar se los hubiese explicado) suman apenas un 26,17% del electorado.
Y lo que ese 26,17% dijo (de manera tácita, porque no se le pidieron votos en nombre del tratado) descalifica, según doña Ofelia, a quienes estamos pidiendo a la Asamblea Legislativa que lo rechace porque no queremos que nos cambien la contextura solidaria de nuestro país, para ensayar convertirlo al capitalismo salvaje que el TLC preconiza. Indudablemente el Papa Benedicto XVI supo lo que hacía cuando no le dio gusto a don Oscar Arias recomendando el TLC.
Imagínense ustedes si a don Pepe, en 1954, y con un 65% de la votación detrás, se le hubiese ocurrido, pongo un ejemplo loco, derogar el Código de Trabajo, ¿cómo habría calificado doña Ofelia (de haber tenido edad) a los que se hubieran lanzado a la calle a pedirles a los diputados que no aprobaran tal brutalidad?
Paso a otra cosa: Reafirmo que la democracia no es un sistema para tomar decisiones, (la dictadura también lo es), sino una manera de tomarlas. ¿Cómo? Pues atendiendo los deseos del pueblo, y no proclamando que el voto de febrero expresó de una vez todos los posibles deseos de los habitantes durante los siguientes cuatro años.
Como es de rigor en los polemistas leales, doña Ofelia dice que mi idea es que las decisiones se tomen de acuerdo con el pensamiento del populacho. No, como dije yo, y lo reafirmo, “de acuerdo con el pensamiento popular, también llamado en círculos de arriba, populacho”. Doña Ofelia pertenece a los círculos de arriba.
Como se ve, lo que los círculos de arriba llaman “populacho” no es pariente ni lejano de lo que yo he llamado “gradería de sol”. El concepto de populacho es social, y el de gradería de sol cultural y ético.
La gradería de sol es la que nos gobierna. Habrá que preguntar cuántos de los diputados que ahora gritan que el resultado electoral los comprometió a votar el TLC, habían leído el TLC antes de adquirir el compromiso, y sabían de qué se trataba lo que aprobarían. De gradería de sol es el diputado que promete votar el TLC a cambio de que le aprueben un proyecto nimio que le interesa. De gradería de sol es la fracción que le contesta que si no vota el TLC no le votará su proyecto, y no se pregunta si es bueno o es malo. ¿Y si hubiese sospechas sobre alguien, y esfuerzos por echarle tierra al asunto que lo compromete, qué pensaría la diputada?
Hay gran diferencia entre el pueblo en la calle (sean diez personas, 23.500 ó 60.000) pidiendo algo, y la gradería de sol minimizando y diciendo que las decisiones sólo se toman una vez, el primer domingo de febrero.
Me pide doña Ofelia una definición de la palabra obstruccionismo. Le contesto: Un partido de oposición se opone a lo que cree inconveniente. Oponerse a eso no se limita a decir que es malo. Implica, obligatoriamente, empeñarse en que no se apruebe. Buen opositor y buen ciudadano será aquel diputado que, convencido de los perjuicios que trae un proyecto, hace todo cuanto esté a su alcance para evitar que ese proyecto se convierta en ley. Doña Ofelia llama obstruccionismo a esa conducta, y prefiere lo que, sin recurrir al diccionario, podríamos llamar “oposición platónica”, referido el adjetivo, no al filósofo griego, sino a la clase de amor que así calificamos y que, subrayémoslo, no incluye el amor a la Patria.
(La República)
miércoles, 7 de marzo de 2007
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